
domingo, 30 de agosto de 2009
miércoles, 26 de agosto de 2009
Consejos y reflexiones para una vida sana
lunes, 27 de julio de 2009
Lo que dure la eternidad. Nieves Hidalgo

El lugar: el castillo de Killmarnock, una imponente joya medieval que se levanta en las suaves y verdes colinas de Irlanda.
Los protagonistas: Cristina Ríos, una joven experta española contratada para valorar las obras de arte que contiene. Y Dargo Killmar, el más antiguo habitante del castillo, que sin embargo sigue siendo un hombre joven, fuerte y endiabladamente atractivo… claro, porque es un fantasma, que vaga desde hace cuatrocientos años por las enormes estancias en busca de una reliquia que lo liberará de la maldición que pesa sobre él. Un fantasma que para Cristina es sólo una leyenda, hasta que…
Pero os invitamos a leer y disfrutar de la historia: una historia colmada de aventuras, pasión, ternura y humor. Nieves Hidalgo ha logrado imprimir en su primera novela un estilo sumamente ágil y fresco que sorprenderá a las lectoras, que cerrarán el libro con una sonrisa y ansiarán leer el siguiente de esta autora española, ella misma ávida lectora de novelas románticas.
Nadie como tú. Anna Casanovas
Ágata Martí tiene veintiséis años, un trabajo mal pagado y vive sola en un apartamento en Barcelona. Una mañana de invierno, poco después de Navidad, decide que ha llegado el momento de replantearse su vida… Y la idea que ha tenido Guillermo, su hermano mayor, de que vaya a trabajar a Londres no es del todo descabellada.
Gabriel Trevelyan, hoy reputado periodista en Londres, solía refugiarse en casa de Guillermo Martí en los momentos difíciles de su infancia. Por eso, cuando su amigo le llama pidiéndole un favor muy especial es incapaz de decirle que no.
Ágata y Gabriel vuelven a encontrarse después de trece años y ambos se dan cuenta de que las cosas no han cambiado entre ellos. Para ella nunca ha habido nadie como Gabriel, el chico que la besó por primera vez. Para él nunca ha habido nadie como Ágata, la única chica capaz de llegarle al alma… No obstante, Gabriel no confía en el amor y Ágata no está dispuesta a conformarse con menos.
En la línea de Marian Keyes y Cecelia Ahern, Anna nos presenta una deliciosa novela que cuenta con los ingredientes necesarios para hacerse indispensable en la biblioteca de cualquier lectora romántica.
Es actual, vibrante, tierna y llena de humor y de sentimiento. Ambientada a caballo entre Barcelona y Londres, cuando la vi pensé: ¡Dios, parece que esté pensada para mí! La empatía con los personajes, con todos y cada uno de ellos, desde los protagonistas a los "extras" es instantánea; conectas en seguida con sus inquietudes y sus problemas porque son los tuyos.
Anna ha conseguido con esta, su primera novela, situarse en un lugar de honor de la novela contemporánea hecha en España... de la que apenas había representantes hasta su aparición. Para colmo, y para no dejar en ascuas a su legión de fans, nos ha escrito la continuación: A fuego lento, que también podéis encontrar en vuestra librería habitual o en los grandes almacenes. También sé que está preparando otra novela en la misma línea y con personajes conocidos por los lectores de estas dos "joyas" románticas.
¡Enhorabuena, Anna!
London. Edward Rutherfurd

London es una invitación a recorrer 2000 años de historia de la emblemática ciudad de Londres. En una tarea similar a la del arqueólogo, Rutherfurd observa las capas de tiempo que se han ido sedimentando en las tierras de Londres, abre una ventana al pasado y nos desvela los acontecimientos que han definido la historia de la ciudad.
Julius, joven acuñador de monedas romano; Dame Barnikel, al frente de una taberna frecuentada por Chaucer; Edmund Meredith, actor del shakesperiano Globe Theatre; o Lucy, mujer que parece salida de la pluma de Dickens, forman parte del rico entramado de personajes que crea Rutherfurd.
De su mano, nos adentramos en el corazón de una ciudad en permanente desarrollo y se nos transmite el movimiento y color de cada periodo… Una evolución constante que se refleja en el fluir eterno del río Támesis, símbolo del paso inexorable del tiempo.
Edward Rutherfurd. London
Edward Rutherfurd. London. Traducción de Camila Batlles. Ediciones B. Barcelona, 1998. 1.135 páginas. 3.500 pesetas.
Londres o las ciudades inventadas
Londres ha sido escenario de invenciones literarias desde que en el siglo XIV Geoffrey Chaucer decidió que un grupo de peregrinos parlanchines iniciara allí su viaje hacia la tumba de Thomas Becket en Los cuentos de Canterbury. Pero fue en el XIX cuando Dickens concibió Londres como la perfecta metáfora urbana de un mundo en efervescente transformación. Siendo Dickens el autor más popular de su siglo, no es de extrañar que la ciudad se erigiera en un universo simbólico, en un personaje literario de primer orden, con una combinación espectacular de caos y orden, de dinero y pobreza, de luz y sordidez. Ese cúmulo de contrastes sirvió a Stevenson para acentuar la dualidad del alma humana en Dr Jeckyll y Mr Hyde; su creación ayudó a establecer la atractiva esquizofrenia de una ciudad única: extremadamente educada y respetable de día pero peligrosa, casi siniestra de noche. Cada vez que un autor metía Londres en su obra, le quitaba un trozo de realidad para añadirselo de ficción, hasta el punto de que ahora quizá sea una capital totalmente inventada. ¿Es Bloomsbury el barrio que vemos alrededor del Museo Británico o es el plano de ese sueño de modernidad y tolerancia leído en Virginia Woolf, Edward Morgan Foster o D. H. Lawrence? Pero sí Bloomsbury quedó "inventado" para siempre por un grupo de escritores entonces de vanguardia, hay otros barrios que evolucionan al mismo ritmo que las novelas que los describen. El Soho fue barato y sombrío para las aventuras del padre Brown, el cura-detective de Chesterton, y las mismas calles que fueron recorridas por la encarnación del mal que representó el doctor Fu Manchú, de Sax Rohmer, se pusieron al día en la reciente y espléndida novela de Timothy Mo, Agridulce, en la que una familia china trata de integrarse en la vida inglesa bajo la sombra amenazante de las triadas o mafias; pero el Soho no quiere ser decorado criminal y se vuelve alegre y promiscuo en los noventa con los avatares sentimentales de cuatro chicos de mucho gimnasio y rayos uva en la última obra de Allan Hollinghurst, The spell (El hechizo). Este autor ya había paseado por el señorial barrio de Chelsea en La biblioteca de la piscina, al igual que los elegantes y solitarios personajes de clase alta que aparecen en las novelas de Anita Brookner, esa discípula de Henry James. Pero ha sido Hanif Kureishi quien se ha atrevido con el Londres multiracial y socialmente agitado de la periferia en El buda de los suburbios o Mi hermosa lavandería. Es otro Londres, que está siendo escrito ahora en Camdem, Bromley o Brixton, allí donde llega la última parada del metro, barrios que también exigen verse reinventados en páginas de novelista. Ahora, Edward Rutherfurd publica en España un libro de más de mil páginas al que llama London: no hay engaño, pues, ya que aquí Londres no está al servicio de la narración sino que la domina como protagonista absoluto. Todo el armazón narrativo y toda la carga ficticia han sido diseñados y desarrollados por el autor para mayor gloria de la ciudad de ciudades, a la que ve como un ser vivo en sus fases de gestación y crecimiento, en la decadencia y en la plenitud. Varias familias conducen, de forma continua o esporádica, la evolución de la ciudad desde que sólo era un poblado celta hasta los bombardeos de la segunda guerra mundial; en veinte capítulos el autor trata de conducir al lector por el Londres romano, por el vital y tabernario que vivió William Shakespeare, por el de la república de Cromwell, por el afectado y pecaminoso de la Restauración o por el puritano e industrioso de la reina Victoria. Ahora bien, este viaje tiene más de guía histórica que de novela, aunque el autor haya pretendido lo contrario; los personajes y las distintas tramas sustentan un trabajo de investigación que se sobrepone a los intentos de crear una obra de ficción. Dicho de otra manera, los abundantes datos sobre la política, los modos sociales o la vestimenta de cada periodo vienen primero y las emociones, después, lo que produce, sobre todo, una lectura totalmente recomendable para los amantes de la historia.
Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 13 19/09/1998
jmheraldo@hotmail.com El País Imprimir
Os presento a mi libro de cabecera: mi biblia particular. Lo he leído 3 veces desde que lo compré en septiembre de 2000. Y como veréis, repetir de un plato tan "suculento" dos veces denota una gula digna de excomunión, ¡por lo menos!
¿Qué decir después de todo lo que se ha escrito ya? Es hermosa. Apasionante. Adictiva. Pero es, sin dudarlo un minuto, la gran novela para los anglófilos y los amantes de Londres muy en particular; es la mejor guía turística que puedas tener a mano, la que te cuenta lo que ningún guía te va a contar... Si todavía no la tienes, te recuerdo que la editorial Roca la ha reeditado en tapa dura hace poco. Es cara, sí; pero merece la pena.
Waterfallcastle. La promesa del Highlander. Arlette Geneve
Tras la traición de la que ha sido objeto años atrás, se jura a sí mismo que jamás volverá a confiar en una mujer ni en sus pérfidas maquinaciones. Ni puede, ni desea volver a amarlas.
Cuando el rey de Escocia, Guillermo McAtholl, lo envía a él y a tres de sus hombres al reino de Castilla en busca de su hija, Kerien trata de rehuir la orden de todas las formas posibles, pero Guillermo se muestra férreo en su empeño de que traiga a su lado a su hija sana y salva en todos los sentidos. Kerien, finalmente, acepta la orden de su rey.
Su llegada a Castilla lo sumerge en una vorágine de intrigas pues el príncipe Juan desea a la castellana muerta, y ya ha mandado a sus secuaces de Toledo. Kerien descubrirá en ese viaje el poder persuasorio del amor y su incapacidad de controlar los sentimientos que le despierta la hechicera de ojos misteriosos. La batalla de sentimientos encontrados ha comenzado.
Beatriz y los cuerpos celestes. Lucía Etxebarria
Pasiones romanas. María de la Pau Janer
Ya no sufro por amor. Lucía Etxebarria
viernes, 17 de julio de 2009
Entrevista
miércoles, 8 de julio de 2009
Agencias
sábado, 27 de junio de 2009
Soledades
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Luego se sentaron a saborear una taza de té; no podía apartar los ojos de ella. «¿Por qué una mujer que puede tener lo que desee y hacer con su vida y con los hombres lo que se le antoje, decide matarse?».
Ella lo consideró un ingenuo, un producto barato de la sociedad de consumo que cree que el dinero todo lo compra. ¿De dónde había salido y quién le había dado permiso para interponerse entre ella y su inexorable destino? La muerte la había escogido a ella, a Penélope Santibáñez, y ese estúpido engreído con complejo de héroe de TBO lo había estropeado todo. Tenía ganas de matarlo, tanto como de explicarse y que entendiera por qué deseaba morir, y por qué no puede ir uno entrometiéndose en las vidas ajenas sin ton ni son.
El seguía con los ojos fijos en ella, eran unos ojos grandes, algo separados, y de un verde intenso; cuando les daba la luz, semejaban amarillos: un color a todas luces imposible, pensó ella. Ojos de serpiente. Le dio por sonreír. Incluso por soltar una carcajada imprevista. ¿De qué reía?, ¿de él? No importaba; estaba preciosa cuando reía, y si algo la había movido a risa, no debía de ser tan grande su desesperación. ¡Qué poco sabía de las mujeres! La risa es el disfraz de lo irremediable. El antídoto contra el dolor, tan grande que no cabe en el pecho y por algún lado tiene que buscar la salida.
Su rostro se volvió serio de repente; no quería que la malinterpretara, que pensara que su intento de suicidio había sido una comedia o peor aún: una trampa para atraparle. Aunque esto último era absurdo porque ella ni había reparado en su existencia, y cuando la agarró, no sabía siquiera si era hombre o mujer; no le había visto la cara. Ahora podía contemplarlo a placer; removía el azúcar del té con parsimonia, acomodado en su silla, con un brazo acodado en la mesa, y el otro colgando laxo a un lado del cuerpo. Constató que era zurdo, de esos a los que han obligado a palos a renegar de esa «mala costumbre». Su mirada se detuvo en la boca: labios de mujer, rojos, bien dibujados: una clara invitación a besarlos, aunque ella no lo haría. ¡Menudo atrevimiento! A ver si creía que le debía algo; ella no le había pedido que la salvara, al contrario. Estaba desvariando, ¿a qué venía fijarse en él de ese modo, como si quisiera conocerlo mejor?
Le leyó el pensamiento. Podía quedarse tranquila, pensó, no quería nada con ella; la había invitado a tomar algo caliente para que se le pasara el susto. Y el frío. Noviembre era un mes especialmente desagradable; por otro lado, la época ideal para suicidarse. Nadie esperaba que pasara nada bueno en noviembre, al menos no él. ¡Qué gracioso!, sin querer había dicho su nombre: Noel. «La culpa es tuya por haber nacido el día de Navidad», bromeaba su madre cuando se sentaban él y sus seis hermanos, todos varones, a la mesa para dar cuenta de las viandas navideñas que cada año, sin faltar uno, preparaba su progenitora con mimo y esmero, como si esperara al mismísimo Presidente a cenar.
Odiaba Nueva York en noviembre; odiaba Acción de Gracias y el maldito pavo que le servía como símbolo. Odiaba las tradiciones. Todas. No sólo las americanas; las españolas no eran mucho mejores. En realidad lo que no le gustaba eran las fiestas, las aglomeraciones, los rebaños de ovejitas con un único pensamiento que seguían ciegamente a un líder. Los líderes le recordaban a Sam: su marido durante veintisiete días y dieciocho horas. El liderazgo, político ¡cómo no!, sólo le había servido para ser el blanco de cuatro disparos una noche turbia en un callejón sin salida. Ella estaba en tierra extranjera y no conocía a nadie, aparte de Sam. Oh, sí, le habían presentado a cientos de personas durante el tiempo que habían estado juntos; pero a decir verdad, no recordaba ni uno solo de esos nombres. No podía pedir justicia, no sabía a quién pedírsela. Y lo peor de todo: no estaba segura de que Sam la mereciera.
¿En qué estaría pensando para que los ojos negros estuvieran perdidos en la nada más absoluta? Lo miraba pero no lo veía; era la misma mirada ausente que tenía hacía una hora cuando se disponía a tirarse a la calzada. ¡Lo que daría por que esos ojos estuvieran pendientes de él! Debía de estar loco, ¿no había quedado en que no quería nada con ella? ¿Por qué entonces se la imaginaba sin ropa y en su cama? Pero si ni siquiera se habían presentado como Dios manda… ¡Estaba de atar!
Ahora caía en que ni siquiera sabía su nombre. ¿Importan tanto los nombres? ¡Que más daba cómo se llamara! Lo mismo le podía dar un nombre falso y rimbombante, sacado de una novela rosa de las que le gustaban a su hermana menor. Si Rosa pudiera ver a ese hombre se moriría de la emoción; suspiraba por hombres así: fuertes, varoniles, misteriosos. Y con complejo de héroe de TBO. Ella quería algo más sencillo; sólo pedía un hombre en quien poder confiar, al que podérselo contar todo.
—Me llamo Noel.
—Pensé que nunca lo diría. Penélope —se presentó ella, estrechándole la mano.
—Bonito nombre. ¿Vive aquí?
—No me queda más remedio. Trabajo aquí. En Macy’s. No le preguntaré si lo conoce. Todo el mundo conoce Macy’s.
—¿Y qué me dice si le digo que yo nunca he estado allá? Y soy neoyorquino hasta la médula.
—Que es un tipo inteligente. Más de lo que pensé en un principio —le guiñó el ojo.
—¿Por qué no he pisado Macy’s? Vaya, un criterio harto curioso para medir la inteligencia.
—Porque no es un comprador compulsivo —le aclaró ella mostrándole una amplia sonrisa—; hay gente que entra a las nueve y media de la mañana, cuando se abren las puertas, y sale a las seis, cuando las cerramos. Se pasan todo el día metidos allí. A veces compran, otras sólo miran. Y la mayoría intenta robar algo de valor.
—¿Y le molesta?
—No mucho. A fin de cuentas, sólo soy dependienta. De la seguridad se ocupan otros. No pienso hacer doble trabajo cuando sólo cobro un suelo. Y mísero, además.
—¿Lleva mucho tiempo?
—Un par de años. Llegué como turista, pero… me enamoré de la ciudad.
—No es eso lo que iba a decir.
—¿Cómo demonios lo sabe?
—Soy psicólogo. Parte de mi trabajo consiste en escuchar lo que la gente calla.
—Bonita contradicción.
—Los secretos siempre son atractivos. Y usted tiene uno muy grande y muy doloroso. —Cambió de tema—: Tiene gracia, al principio la tomé por una ricachona.
—Eso es un fallo de percepción muy grave. Me decepciona. ¿Qué le hizo pensar eso?
—Su porte. Es elegante, tiene clase. Seguro que fue interna a un colegio de señoritas donde le enseñaron a ser una buena anfitriona y a lucir en sociedad.
—Para nada —rio ella—. Crecí en una barriada obrera, donde los chicos robaban motos y coches para desguazarlos y vender las piezas en los mercadillos. Fue un milagro que no llegara a mi casa con una barriga de dudoso origen.
Le resultaba increíble; la imaginaba mejor con un uniforme bien planchado, calcetines hasta las rodillas y el cabello, negro como ala de cuervo, recogido en largas trenzas. La imaginaba con un vestido blanco, vaporoso, largo hasta los pies; mortalmente aburrida en una fiesta de postín donde las mujeres eran cotorras, y los hombres simplemente imbéciles, anotando con expresión ausente en su carnet de baile las docenas de peticiones que le habían hecho hasta el momento, suspirando por un plan infinitamente mejor. Uno que incluyera a un hombre decente, para variar.
A ella le divertía su aire reconcentrado, ¿en qué debía estar pensando? Resultaba muy atractivo cuando estaba ensimismado. Resultaba muy atractivo en cualquier caso. Demasiado, concluyó. No quería cerrar los ojos y dejarse llevar por la imaginación, pero ¿cómo sería desnudo? ¿A qué sabrían sus besos? ¡Ah, había perdido el juicio! Lo último era salir de Guatemala para caer en Guatepeor. Si ni siquiera sabía por qué estaba allí; debería estar muerta, en un depósito de cadáveres. Era eso lo que quería. Psicólogo tenía que ser, ¡vaya mala suerte la suya! De todos los hombres que hay en el mundo, y tenía que rescatarla un loquero. Y guapo para más inri.
Parecía muy enfadada consigo misma; como si estuviera librando una lucha interna. Quizá no había sido tan buena idea salvarla. A veces la gente no quiere ser salvada. «¿Cuándo aprenderás, Noel, cuándo aprenderás a no meter las narices donde no te llaman? Nunca. No podía dejar que cayera bajo las ruedas de un coche; era una aberración permitir que una mujer así muriera. Lo que deseaba era besarla mientras sus dedos se perdían en las guedejas negras que le caían en completo desorden hasta la cintura. De repente, y con estudiado disimulo, fijó la mirada en sus pechos. Le parecieron bonitos bajo la blusa. Llevaban ya media hora en el salón de té, y la temperatura era cada vez más alta. El abrigo de ella estaba colgado en una percha, a la entrada. Él lo vigilaba de vez en cuando; no parecía muy caro, pero había demasiados rateros pululando por Nueva York, a la caza de cualquier cosa que pudiera venderse. Ella se estiró la falda, como si adivinase sus intenciones de mirar y evaluarle las piernas.
«Pero ¿qué demonios está haciendo? Quiere mirarme las piernas, le he sorprendido hace un momento con los ojos fijos en el escote. Cualquiera diría que va pidiendo guerra. Y en otro momento no le diría que no; pero hoy no tengo el cuerpo para abandonarme de ese modo en brazos de nadie.»
—¿Has acabado el té? Tengo las piernas entumecidas; quizá nos vendría bien un paseo.
«¿Nos vendría?» ¡Había hablado en plural, había dado por sentado que iban a pasear juntos!
—Tiene razón —le respondió—. Es hora de marcharse. Le agradezco lo que ha hecho; pero la próxima vez deje que la vida siga su curso. Es mucho más fácil para todos.
—No puedo darle la razón. Para mí no hubiera sido fácil verla morir atropellada y sin poder hacer nada por evitarlo.
—No era un accidente. Era un suicidio. Y ya soy mayorcita para decidir cuándo quiero que acabe mi vida.
Penélope se puso en pie y fue a buscar su abrigo. Los ojos de Noel se fijaron ahora en la estrecha espalda y en aquel trasero prieto y redondo. Antes de que pudiera reaccionar, ella se dio la vuelta y lo pilló mirándola embobado. Se rio. De nada servía enfurecerse o indignarse. Salieron juntos y empezaron a caminar por la avenida Lexington; iban muy separados, y la gente los miraba con curiosidad. ¿Eran o no una pareja? ¿Si lo eran, por qué mantenían tanta distancia, por qué no se agarraban de la mano, por qué no se sonreían…? Se dieron cuenta de que despertaban el interés de los demás caminantes, y Noel le tendió la mano. Ella la cogió sin pensárselo dos veces. El contacto, el primero que tenían de un modo consciente, la hizo estremecer. Mal asunto. Si cogerle la mano la ponía así… ¿qué seguiría? ¿Dónde acabarían?
Él no parecía tener prisa por dejarla, al contrario: sus piernas, que por lo normal, eran de zancada larga, ahora se movían muy juntas y muy despacio, demorando el paso, aplazando el momento de dejarla dondequiera que viviese; esperaba que fuera en un lugar muy apartado de allí, aunque no tanto como para suponer un peligro para su seguridad.
—¿Dónde vives?
—¿Por qué quieres saberlo, pretendes acompañarme hasta mi casa?
No sabía si estaba escandalizada o sólo sorprendida. ¿Y por qué la preocupaba tanto que supiera dónde vivía? No iba a hacer nada que ella no quisiera. No era un violador ni un psicópata. Y poca gracia tenía que la hubiera rescatado de las garras de la muerte para matarla. No es que no tuviera gracia, es que no tenía sentido. Ninguno.
—Perdona —se disculpó, viendo la cara de él, que reflejaba claramente todos sus pensamientos—. No quería ser impertinente. Pero ya te he dicho que no soy una señorita, ni estoy acostumbrada a que los caballeros me acompañen a la puerta de mi casa. Pero puedes hacerlo si te vas a sentir mejor.
—Gracias.
—Pero no te voy a dejar subir —le guiñó un ojo—, si eso es lo que estás pensando.
—Todavía no te he pedido nada.
Ella se quedó parada, desconcertada, incluso un pelín avergonzada. Pues sí que era verdad: había dado por sentado cosas que no eran —se ruborizó.
—Aunque podría sentirme tentado de pedírtelo cuando lleguemos —le devolvió el guiño.
—Y yo podría caer en la tentación de dejarte subir.
—Mmm… Eso suena muy bien.
Siguieron caminando en silencio. Ella no quería hablar. Él no osaba hacerlo por miedo a romper el hechizo. Penélope era una mujer misteriosa, su pasado era cosa suya o al menos así lo quería. De todos modos, lo dos estaban solos, y dos soledades pueden hacerse buena compañía, ni que sea por unas horas.
La noche estaba clara; el frío te calaba en los huesos, pero era un frío seco, ausente de lluvias. De repente se arrebujó contra él, apoyando la cabeza en su hombro; él no hizo nada por apartarla de sí; debía de sentirse muy a gusto. Era innegable que se gustaban. Si no hacía nada por evitarlo, iban a acabar desnudos en la cama. Y después ocurriría lo inevitable. Y supo con toda certeza que quería que sucediera. Se moría por verlo desnudo.
Era agradable estar así, caminar con ella pegada a él; sus rizos cosquilleaban su brazo, provocándole un inesperado placer; era tanto más hermosa cuanto más tierna se mostraba. Si no hacía nada por evitarlo, iban a acabar desnudos en la cama. Y después ocurriría lo inevitable. Y supo con toda certeza que quería que sucediera. Se moría por verla desnuda, por recorrer con sus labios cada pliegue de aquella piel suave. ¿Quién debió ser el último hombre que la abrazara cómo él deseaba hacerlo? ¿Estaría comprometida, casada, divorciada… acaso viuda? No, ¡qué tontería! Era demasiado joven y hermosa para ser viuda. Claro que… tenía un sentido. ¿Por qué, si no, iba a querer matarse? Pero le pareció que era una mujer demasiado práctica para morir «por amor».
¿La estaba psicoanalizando? Estaba tan callado. ¿En qué diantres estaría pensando? Casi sin darse cuenta habían llegado al bloque de pisos baratos donde ella vivía. A la muerte de Sam había tenido que largarse de la Quinta Avenida: era paraíso de ricos. Y ella, como Cenicienta a la medianoche, se había visto súbitamente despojada de todos sus privilegios de mujer casada. Hizo sus maletas y se mudó a la depauperada barriada que iba a constituir su mundo de ahí en adelante. Y podía sentirse privilegiada porque no había perdido su trabajo.
—¿Subes o no? Hazlo antes de que me arrepienta de esta locura.
Subieron juntos los diez tramos de escaleras ajadas que llevaban hasta el décimo piso. El piso, sin ser nada del otro mundo, era coqueto y se veía muy cuidado. Puede que fuera pobre, pero era limpia y esmerada; le gustaba el orden, que todo se viera inmaculado y en su lugar. También le gustaban los animales, pero era impensable que pudiera cuidar alguno si apenas le daba el sueldo para sobrevivir. Él paseó la mirada a su alrededor. Le gustó lo que vio. La decoración de un piso hablaba mucho de la persona que lo ocupaba. Y Penélope se desvivía, al parecer porque todo estuviera a la perfección dentro de sus escasas posibilidades económicas. ¡Qué no haría si tuviera los recursos suficientes, si tuviera dinero a espuertas para malgastar a su capricho!
Ella decía que no era una señorita, pero se equivocaba de medio a medio; tenía talento de sobras para lucir como quisiera donde quisiera. Se preguntó cómo luciría un anillo en su dedo; el que él pensaba regalarle si las cosas iban bien entre ellos a partir de ahora. ¿Y por qué no iban a ir bien? El modo en que ella se le había arrimado, buscando protección y seguridad hablaba de necesidades insatisfechas desde sólo Dios sabía cuándo…
—Dame cinco minutos, ¿sí? Hay cerveza y vino en el frigorífico. Coge lo que más te apetezca. Ahora salgo.
Se encerró en aquel pequeño cubículo y le dejó fuera. Pero su cordialidad era buena señal. Le hizo caso y se sirvió una cerveza fría, a ver si así se le bajaba la calentura; notó un leve tirón en los riñones, y supo que si ella no salía pronto y lo aliviaba, iba a tener un problema.
Cuando apareció ante él, supo que definitivamente «iba a tener un problema»; no necesitaba mirar abajo para saber que su miembro cobraba vida propia por momentos y no era capaz de obedecer a su cerebro que le ordenaba paz y paciencia. Ella lo miró a los ojos, una muda pregunta:
—¿Estoy deseable, apetecible… lujuriosa, tentadora?
Él bizqueó pero no abrió la boca, simplemente la besó.
Este relato ganó un Premio en la Revista RomanTica's donde fue publicado (noviembre de 2012)
http://www.romanticasmagazzine.es/index.php/ganadores-rosas-romanticas-2009.html
viernes, 26 de junio de 2009
El final de un mito
jueves, 18 de junio de 2009
Gracias
Gracias, Nieves.
viernes, 5 de junio de 2009
jueves, 4 de junio de 2009
Orgullo Sajón. Nieves Hidalgo
La mayoría de las veces es un tormento elegir entre muchísimas novelas la única que te puedes llevar a casa (sobre todo en estos tiempos de crisis). Pero este año, gracias a los dioses y las diosas del panteón olímpico, lo tenía mucho más claro. De hecho, estaba elegido desde una semana antes: Orgullo sajón; sí, parecía predestinado a caer en mis manos. Cuando escribo mis novelas, nunca pienso en un lector en particular, ¡¡sería una locura!! Sin embargo, y esto te lo digo a ti, Nieves, se diría que creaste esta joya pensando en mí. Y sólo en mí. ¡Y eso que ni me conocías entonces!
De positivo, recalcar que el contexto histórico está muy logrado; yo, a pesar de estudiar Historia, no me veo ni de lejos preparada para escribir algo un poco parecido. Así que mis más sinceras felicitaciones a la autora.
Los personajes, aunque demasiado planos para mi gusto, se hacen querer, sobre todo él. En cuanto a Jacqueline, a mí me gusta otro tipo de heroína, menos deslumbrante; da la sensación de que sólo las guapas tienen derecho a vivir Historias de Amor… Creo que todas tenemos derecho a vivir una Historia de Amor de novela, aunque no tengamos los ojos violetas, ni una despampanante figura. Pero nuevamente, esto cabe achacarlo al género literario y no al autor, que se limita a repetir unas pautas ya establecidas previamente.
A pesar de que la novela romántica es mi género favorito para leer, y como he dicho ya en otras ocasiones, creo, las disfruto como una enana, me veo incapaz de escribirlas; no porque no me gusten como lectora, sino porque no me gustan los recursos del género, yo busco algo más humano, más natural, más acorde con nuestro tiempo, que es (o debiera ser) un tiempo de tolerancia hacia lo diferente. El papel de la mujer es muy limitado, y los hombres, salvo excepciones, responden a unos patrones muy concretos; yo prefiero bucear en la psicología humana más a fondo; creo que el alma humana es poliédrica y explorarla supone todo un desafío. Sin embargo, repito, disfruto inmensamente con las historias románticas, sobre todo las que tienen un trasfondo histórico, más aún si es medieval, y más específicamente, si se sitúan en ámbitos anglosajones.
Sólo me queda esperar seis días a que salga “Amaneceres cautivos”, para disfrutar nuevamente la espléndida prosa de nuestra querida Nieves…. ¡¡¡Ay, qué nervios!!!
















